El Camino y la Vid (a)

El Camino de Santiago es “la vida misma”, y hay paralelismos entre la vida y la vid.

La magia no sólo está en el Camino: está presente en el vino y en la vida misma. Para que la vid alcance su plenitud, ha de atravesar, como nosotros, diversos ciclos.

La magia no sólo está en el Camino: está presente en el vino y en la vida misma

Ahora que pasó el período de vacaciones, me gustaría darle la bienvenida al otoño con un artículo un tanto diferente, en el que tal vez predomine más lo filosófico-espiritual que lo técnico.

Y es que tuve la gran suerte de ser invitada a hacer el Camino de Santiago. Claro, todos te hablan de lo bonito que es, de la magia que te vas encontrando en él, etc... El tema de la magia me atrae, motivo por el cual siempre me cautivó el vino que también esconde una cierta dosis de magia. Por más que se apliquen estrictas técnicas al producirlo, unos estándares de calidad inquebrantables, etc…, el resultado final siempre nos sorprende con vertientes desconocidas y difíciles de demostrar científicamente.

Pues bien, así comenzó el Camino para mí: Día 1 entusiasmo total, fotos de cada árbol, helecho y vaca, disfrutando a tope sensorialmente por la diversidad de aromas que fui capturando como lo hacíamos de pequeños como si de mariposas se tratase. Fragancias de sotobosque, de campos de trigo recién cosechados, de praderas, de ganado y hasta de “bosta”, lo cual evocó fuertemente mi infancia y mi país de origen. Una maravilla también el ambiente: la gente que te adelanta te va deseando “Buen Camino” y viceversa. ¡Éramos todos uno!

Sin embargo, el día 2 no despertó ya en mí ese éxtasis del primer día. Al fin y al cabo, caminar 25 km es mucho para una persona que no tiene el hábito de caminar tanto de un tirón. ¡Y quedaban 4 días más! Hasta me ví inmersa en pensamientos del tipo “Pero qué hago yo aquí, si podría estar leyendo un libro en una tumbona de alguna playa paradisíaca!?”. Lo empiezas a comentar y te dicen que “programes tu mente”, que lo veas como un gran reto, en fin: que así lo hice y logré llegar a destino. Muy cansada y con las piernas doloridas, pero disfrutando del triunfo y de la belleza de aquella ciudad que nos recibía a todos los peregrinos.

Reflexionando a posteriori, no sólo llegué a la conclusión de que el Camino es “la vida misma”, sino que hay paralelismos entre la vida y la vid. A veces nos toca caminar sobre terreno pedregoso, a veces, subir por pendientes empinadas, a veces el suelo es liso y blandito, a veces disfrutamos la velocidad de una buena bajada… A esto se añade el factor clima: exposición al sol o a la “sombra”, y la adaptación a las condiciones meteorológicas reinantes en cada momento. Y sin olvidarnos que el esfuerzo no es el mismo para todos, ya que varía en función de nuestra edad, nuestra predisposición y de las condiciones físicas de cada uno.

Para que la vid alcance su plenitud, ha de atravesar, como nosotros, diversos ciclos, se refieran éstos a la edad o a las diferentes estaciones del año. Dicen que las cepas han de pasar por un cierto estrés para dar lo mejor de sí: algo de estrés hídrico, adaptarse a sistemas de conducción diferentes, reaccionar a podas y raleos, y crecer en entornos a veces muy hostiles. Pero ahí están, y, como los humanos, si han superado estas etapas, llegan a un nivel de sabiduría inigualable, dándonos cantidades más pequeñas de fruta, pero ¡qué fruta y qué caldos se logran con estas cepas centenarias!

Si a todo ello le añadimos una buena porción de AMOR en todas las etapas, el resultado será excepcional. A más de uno esto le sonará “cursi”, pero es una gran verdad y esto es lo que, a mí modo de ver, confiere magia a la vida y a la vid. Si elaboramos un plato con amor y dedicación nos va a salir mucho mejor y saludable, que si lo preparamos con prisas y malhumorados, ¿no? En esto se basan muchas filosofías milenarias como el Ayurveda, en la cual se sostiene que el grado nutritivo de un alimento difiere según el amor que se le haya dispensado desde el momento en que se cultivó/crió hasta que llega a tu plato.

En una gran degustación a la que tuve el honor de asistir el año pasado, una conocida viticultora francesa, de edad bien avanzada, habló de sus viñas como si fueran sus hijos. Es más: les habla y trata a cada una en función de su “personalidad”. Y no es de extrañar que el resultado sea uno de los vinos más cotizados del mundo: ¡un elixir de vida cuyo efecto en el paladar jamás olvidaré!Volviendo al Camino, por más arduo que me haya resultado, es un esfuerzo que valió la pena y poco a poco me voy dando cuenta de la sabiduría que me infundió: no tanto por mensajes novedosos, sino por las muchas reflexiones que desencadena y los paralelismos que se van viendo en el transcurso de la vida.

Hay Camino, sí, pero cada uno lo recorre (o no) como quiere y puede. Y así se hace camino al andar…

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